martes, 10 de marzo de 2026

¡Kawsachkanchikraqmi! ¡seguimos existiendo!

marzo 10, 2026 0


Por: Yaymy Mamani Ccallaccasi – Periodista Indígena Ambiental del PPIA-Bolivia.


La afirmación de Fausto Reinaga “En la Colonia hay dos sociedades; dos Naciones, dos Estados: España y Tawantinsuyu”, no es sólo un diagnóstico histórico, sino una herida abierta que aún supura en la memoria y en la realidad de los pueblos originarios del Perú. Lejos de haberse cerrado con la República, esa herida se profundizó con nuevas formas de dominación, esta vez camufladas bajo un discurso de inclusión formal. Como bien señala Reinaga, el “cholaje blanco-mestizo” que reemplaza al español continúa la lógica de exclusión y opresión. Pero también, como él afirma con esperanza, el indio, nosotros, los hijos e hijas de la tierra “se yergue con rara e inesperada persistencia”. En ese acto de erguirse reconozco mi historia, la de mi comunidad y la lucha tenaz por seguir existiendo no solo como cultura, sino como Nación viva.


Mi identidad indianista no es una elección reciente ni una postura ideológica aislada. Es una respuesta consciente a siglos de negación, pero también una continuidad digna de luchas históricas. Saturnino Huillca, quien proclamó con fuerza “Runam kayku”, es una llama viva en ese sendero. Su historia, desde los campos explotados de Chhuru hasta la organización sindical campesina en el Cusco, fue un acto de resistencia india ante el olvido impuesto. Huillca no luchó solo por la tierra: luchó por la dignidad, por el reconocimiento del ser indígena como sujeto político, social y humano. Él me enseñó, aunque nunca lo conocí en persona, que la palabra “runa” dicha desde lo andino tiene una profundidad que va más allá de lo jurídico: es afirmación de existencia


También encontré claridad en las ideas de José Carlos Mariátegui, quien, sin ser indígena, comprendió la raíz estructural del problema: “la cuestión del indio, más que pedagógica, es económica, es social”. Su análisis materialista no contradice la visión indianista, sino que la refuerza desde otro ángulo: no hay forma de liberación sin desarticular las bases económicas del gamonalismo y la explotación. El problema no era nuestra cultura ni nuestro idioma, sino el sistema que convertía nuestras tierras en botín y nuestros cuerpos en fuerza de trabajo barata. En Mariátegui aprendí a no aceptar explicaciones condescendientes ni “educativas” que pretendían civilizarnos. No necesitamos que nos enseñen quiénes somos; necesitamos que nos devuelvan lo que nos quitaron.


Sin embargo, ninguna teoría, ni cita, ni libro, puede igualar la fuerza de lo vivido. Mi indianismo está anclado en la historia viva de mis padres: Clorinda Ccallaccasi Gómez y Eleuterio Mamani Ccorimanya. Clorinda una mujer fuerte como nuestras abuelas, capaz de seguir pese a la adversidad, líderesa que participó en los procesos de recuperación de tierras para nuestro pueblo. Su lucha no fue metafórica ni simbólica: fue concreta, con nombre y apellido, con peligro y esperanza, hasta la actualidad son fuerza viva desde sus quehaceres, ella en el ámbito político, (espacios que históricamente nos arrebataron) y él en el ámbito de la educación intercultural bilingüe, finalmente, reafirmando que los indios no somos inferiores ni carecemos de capacidad alguna, como históricamente se nos ha hecho creer para justificar nuestra exclusión. Ellos (mis padres) me enseñaron que ser indio no es solo resistir, es también reconstruir, soñar, crear. Como dice Reinaga, el “Poder Indio” ya no es sólo un deseo espontáneo, sino una “idea-fuerza”, una meta clara: la reconstrucción de nuestro Estado-Nación. Hoy, más que nunca, ese renacer del Tawantinsuyu no es nostalgia, es proyecto político y cultural. Y en esa lucha, no camino sola: camino con los que fueron, los que están y los que vendrán.


viernes, 20 de febrero de 2026

febrero 20, 2026 0

 

“Horizontes de la plurinacionalidad. Luchas comunitario populares en Ecuador (1970-2019)”, de Inti Cartuche Vacacela

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martes, 29 de abril de 2025

ESTAR FRENTE A UN MESÍAS

abril 29, 2025 0


Por Quya Reyna

Existe en la Bolivia moderna, un mesías que irrumpe en la escena política, escoltado por ancianos, niños y mujeres que, según él, le dicen: Tú nos advertiste sobre este apocalipsis, eres el mesías. Está amparado por un exjuez de tribunales que dictaba fallos leyendo hojas de coca, o por seres mágicos capaces de multiplicar treinta y tres mil hectáreas de tierras fiscales a su nombre. Y su dios —quizá el menos protagonista de este nuevo testamento a diferencia del antiguo, que responde al nombre de Bánzer— le ha encomendado predicar las apologías liberales, evangelizar las bondades del mercado y levantar templos a una religión poco olvidada: el Fondo Monetario Internacional.


Ese mesías se llama Jorge Tuto Quiroga Ramirez.


Lo tuve frente a mí en el programa Seis a Uno. Envidio a quienes han tenido en frente a su salvador; en mi caso, en la política, me declaro atea. Pero déjenme contarles la experiencia de este encuentro casi milagroso. No niego su habilidad para, vocalmente, prometer viajes paradisíacos al Edén, ni su destreza para evadir preguntas con la agilidad de Caín y que cualquier pecado propio es redirigido al demonio del MAS, pero Tuto es un salvador empedernido. Su plan de gobierno, titulado con épica bíblica: “Salvar la economía con cambio radical”, es apenas un esbozo de su supuesto gran poder. Nos hicieron llegar su presentación de plan de gobierno en PDF, un diseño tan escolar que parecía tarea de secundaria: ilegible, confuso, parecía armado en PowerPoint versión 2003, cortesía de un político que presume de estar en el negocio de la IA, pero que a duras penas domina Microsoft.


Su plan se sostiene sobre siete pilares: salvar la economía, reactivar la producción, propiedad popular, Bolivia digital, democracia, autonomía, justicia y seguridad, política social y reinserción internacional. Todo resumido en un collage visual que provocaría ternura si no fuera porque es el de un candidato a la presidencia. 


Llegó al set como llegan los mesías: repartiendo manos sudorosas, sonriendo de más a los jóvenes a los que alababa como si buscara discípulos modernos, buscándolos, seduciéndolos. Y lo logró. Hay que reconocerlo: una estrategia impecable antes de un debate. 


Llegó con uno de sus asesores, Juan Velasco, gerente general de Yango, la aplicación de transporte más conocida por su caótica administración que por su eficiencia. El debate comenzó. Tuto es de esos personajes que solo recorren el pasado para colgarse medallas oxidadas del antiguo testamento de la liberación económica o para repetir que el MAS se “farreó” el dinero. No sabía muy bien cómo atravesar esa muralla de ego martírico, así que opté por tuteárlo en pleno encuentro —con su bendito consentimiento— y soltar la pregunta: ¿no habría, acaso, una pizca de autocrítica hacia su propio gobierno, aquel donde el 60% de la población vivía en pobreza, 30 de cada 100 niños sufrían desnutrición crónica y había un 13% de analfabetismo?


A diferencia de esta generación, yo crecí con Tuto como el presidente que veías en la TV, el heredero del capital político, sin otro mérito que el de haber sido el discípulo predilecto de su mentor. Era el Andrónico de la época: joven, político, vicepresidente del Estado. Digámoslo claro: el Andrónico de Banzer. ¿Y qué pasó? Por obra y gracia del cáncer en Banzer, Tuto heredó el trono durante dos gestiones, como si el destino le hubiera otorgado un mandato divino sin necesidad de conquistar nada y con la muerte de su antecesor, algo que Andrónico aún sueña en su cama, pero que no se hará realidad porque Evo está sano, hace dos mil abdominales en un solo día. Tuto llegó a la presidencia el 2001 y se dice que su discurso de posicionamiento fue una copia barata del de J. F. Kennedy en 1961.


En mi ingenuidad, esperaba una crítica sensata a su gestión, pero Tuto, con su característica mesiánica, comienza diciendo que “Bolivia siempre ha sido pobre”, bueno, una frase que minimiza su responsabilidad. Luego, con cifras en boca, se lanza a defender su gestión mostrando los datos del 2001. Según él, en tiempos de crisis profunda, el país creció, redujo la inflación y la pobreza, y sembró lo que luego permitió el desarrollo que el MAS nos vende. 


Con su humildad que roza lo divino, se atribuye proyectos como el gasoducto y la apertura de mercados, defendiendo que su gobierno fue el primero en eliminar la deuda externa multilateral. A lo largo de su mandato, Tuto ha hecho una costumbre de robarse méritos ajenos. Ha mencionado una y otra vez que su gobierno negoció los gasoductos Brasil-Bolivia, cuando los gasoductos fueron negociados mucho antes, en 1991, durante el gobierno de Jaime Paz Zamora. O cuando se jacta de haber condonado la deuda del FMI, olvidando convenientemente que la condonación de la deuda fue un proceso liderado por la Iglesia Católica, ONG’s y la sociedad civil, bajo el programa HIPC I y HIPC II. Fueron 5.500 millones de dólares que Gonzalo Sánchez de Lozada gestionó inicialmente, y si bien Tuto estaba en el gobierno, bien podría haber sido cualquier otro quien terminara recibiendo los aplausos.


Pero, ¿qué se puede reconocer realmente de su gobierno? Que, por mérito propio, el déficit fiscal de 2002 fue el más alto desde 1987, 8.79% del PIB, cuando las importaciones superaron las exportaciones. Ese déficit es el sello del 2002. Y ahora, como un taumaturgo de la política, Tuto pretende hacernos creer que podrá rebajarlo, de un 10% a un 3%, con el mismo encantamiento económico con el que cree que puede revivir a Lázaro. Claro, porque la fe lo puede todo.


Sentarse cara a cara con Tuto es una experiencia rara, como un choque de realidades en donde todo se vuelve calculado. Ese tipo tiene una inteligencia tan mecanizada que parece que lo tiene todo grabado en la cabeza, como un cassette. Cada entrevista es un déjà vu: los mismos datos, los mismos recortes, las mismas respuestas de siempre. Es una mezcla de carisma y frialdad que te atrapa al principio, porque su simpatía te envuelve, te hace sentir que te entiende y luego lanza un "masista" como si fuese obligado, parte de su rutina. Y antes de que puedas digerirlo, ya está de nuevo con su discurso económico, esa oración religiosa y retórica de siempre: reducir el estado, reducir el gasto público, recortar el déficit… pero su evangelio siempre está a medias: ¿a qué costo?


En realidad, nadie quiere hablar del costo social de esa receta, por ejemplo, lo que Tuto propone sobre el litio es un capítulo del viejo testamento, uno de esos que aburre más porque lo has escuchado antes: convertir a Bolivia en “accionista”, esta vez del litio. Como está manifestado en su proverbio: la capitalización de los noventa, esa receta de privatización disfrazada de progreso. A ver si me explico: en los noventa, privatizaron ENTEL, ENFE, LAB y YPFB. Los “accionistas estratégicos” tenían el 51% de las acciones y dijeron que los bolivianos tendríamos un 49%, siendo supuestos agentes económicos. Eso era como tener un pedazo de torta, pero no te daban ni el tenedor. Lo que no te cuentan es que la plata se fue disolviendo en las AFP’s y nosotros, como siempre, nos quedamos mirando desde afuera con un benevolente Bono Sol de 1800 bolivianos anual para los ancianos. Justamente, Tuto busca una “reorganización” de YPFB, ENDE, ENTEL, COMIBOL y ENAF en su plan, que parece en realidad un regreso a la vieja doctrina: el fracaso de la “inversión extranjera”, la “privatización” y la reducción del gasto público. 


Y ahí viene la sagrada iglesia del FMI, con su cruz de dólares en mano, lista para salvarnos del abismo. Junto a ella, los otros santos de la burocracia mundial: el BID, el BM, FLAR y otros bilaterales con un préstamo de 12 MM de dólares, como para alcanzar la deuda externa de 13 MM de dólares ¡Un rescate del averno! Uno de los panelistas comparó esta jugada con lo que Macri hizo en Argentina al recurrir al FMI, pero Tuto, como si tuviéramos la suerte de ser el "elegido", dijo que se puede reconstruir la credibilidad internacional a partir de esos préstamos. Pero la verdad, es que los mercados internacionales no son tontos. Son como un perro viejo, desconfiado y gruñón, que huele el riesgo político a kilómetros. Y ahí radica la tragedia. Macri, con todo y todo, no pudo evitar el colapso económico. Ahora, Tuto parece pensar que lo que le costó a Argentina años, a Bolivia le saldrá barato, cuando estos mismos organismos proyectan a Bolivia con un 0,9 y 1,1% de crecimiento del PIB para el 2026.


Más allá de mi cuestionamiento, como ponerle GPS a las garrafas para evitar el contrabando, y todos los dilemas que me provoca ese personaje, la jugada de Tuto es tan astuta que su salida fue triunfal, hay quienes dominan la palabra y otros, menos experimentados, que sabemos teclear nomás. Ahí está él, posando para fotos con los panelistas, con el personal de Seis a uno, como un dios que se deja adorar. Se acerca a los que dudan de sus santas palabras, te mira a los ojos con esa sonrisa de buen tipo: “¿Y hablas aymara?”, me pregunta por el motivo de mi nombre. “Sí”, le respondo y él se ilumina como curioso. “Nayaxa aymaratwa”, respondo con mi aymara básico, y me suelta que su hijo está haciendo su tesis… “sobre los aymaras”, completo la oración. “Sí, ya lo había escuchado en una entrevista”, le recalco al final. Nos despedimos con un apretón de manos fuerte, cada uno volviendo a su universo de grandilocuencia. 


Tuto es un salvador, bueno, en campaña todos lo son. Lo realmente interesante, más allá de su monólogo de siempre, es el ejército de fieles que se acumulan a su alrededor, como zombis programados para seguirlo a donde sea. Algunos cambian de doctrina con la facilidad de quien cambia de ropa, algunos profesan ya el samuelismo y el dunnismo. Otros lo siguen por la promesa de un puesto en ese paraíso prometido llamado Estado, como se vio en el live del programa, muchos comentarios, a simple vista, veinteañeros extraviados o bots con consignas repetidas. Apenas se cuestionaba al mesías y el chat del live se desbordaba: creyentes implacables que nos acusaban de masistas, como si fuéramos bestias del desierto motivando a su mesías a lanzarse de un precipicio. La delgada línea entre la fe y la locura.


El live del programa mostraba un fenómeno que las ciencias de las redes sociales llaman interacción inorgánica, como por ejemplo cuando los comentarios superan brutalmente las reacciones. Algo huele a mentira digital: 4.500 comentarios y 1.800 reacciones. Más de 1.300 personas conectadas, muchas, repitiendo el único mandamiento sobre su mesías: Tuto presidente. 


Diapositivas del plan de gobierno: https://drive.google.com/file/d/1BTK_dy68rpGgPFSGvRIgLzbUt8bbrUNS/view?usp=sharing

Programa 6 a 1: https://www.youtube.com/watch?v=bK9oy0INpWI

lunes, 28 de abril de 2025

Tuto y sus cuestiones de sangre

abril 28, 2025 0

Por Carlos Macusaya

Jorque “Tuto” Quiroga dice que tiene “más sangre indígena” que García Linera, Arce Catacora, Arce Zaconeta…, quienes serían, en sus palabras, “impostores” y “mestizos advenedizos”. Además, afirma que “conforme pase la campaña va ser interesante comparar quien tiene más sangre indígena”; pero también dice, como dándose una patada en los huevos: “tenemos que dejar eso, hay mucho maniqueísmo”, “somos mezcla de sangres” y “todos somos una sola Bolivia”. 

¿Qué relevancia tendría que Tuto tenga más o menos “sangre indígena”? ¿Eso definiría su comportamiento o sus preferencias políticas o matrimoniales? ¡No! De hecho, no exististe ningún tipo de “sangre indígena” (ni blanca) ni los fenómenos sociales se explican por determinaciones de sangre. ¿Se podría explicar, por ejemplo, el accionar contrainsurgente de Mateo Pumacahua contra la rebelión de Tupaj Amaru II, en 1780 y 1781, por la mayor o menor cantidad de sangre indígena? 

Y si “conforme pase la campaña va ser interesante comparar quien tiene más sangre indígena”, ¿se trata de construir un país en función de la sangre? ¿Se harían exámenes de ADN en lugar de censos? ¿Se clasificaría a la población por cuestiones genéticas? ¿Ordenaríamos territorialmente a las personas a partir de ese criterio? ¿Unos tendrían más o menos derechos según su sangre?

Pero luego sale con que “tenemos que dejar eso, hay mucho maniqueísmo”, “somos mescla de sangres” y “todos somos una sola Bolivia”. Es el pretexto de las sangres mezcladas y del ser bolivianos para gambetear, esquivar la producción y reproducción de diferencias sociales (no de sangre), de la riqueza y de las formas de gestionarla.

Políticamente le resulta útil apelar a “más sangre indígena que…”, a “sangres mezcladas” y a “todos somos una sola Bolivia”, que tratar de explicar, por ejemplo, porque en periodos electorales los candidatos usan poncho para congraciare con ciertos segmentos poblacionales, porque salen en fotos con niños racializados como indígenas.

En el fondo, las ideas vertidas por Tuto expresan una forma de entender el país en la que las relaciones sociales serían un efecto secundario de cuestiones de sangre y, por tanto, el orden social sería un orden natural (donde cada quien ocupa un lugar fijo) que debe ser preservado, poniendo en su lugar a los “infractores” a título de que “todos somos una sola Bolivia”.


miércoles, 23 de abril de 2025

Herida de Octubre: Identidad que resiste

abril 23, 2025 0



Por Wara Iris Ruiz Condori

“Yo tengo sangre india, y grita.”
—Fausto Reinaga

Yo no nací para complacer. Mi palabra no es ornamento, es cicatriz. Es el eco de dos octubres que marcaron mi carne, mi historia, mi forma de existir. Octubre de 2003 y octubre de 2019 no son páginas en un libro de historia: son heridas abiertas que laten en mí cada vez que hablo, comparto y respiro en mi mundo aymara. En esos octubres entendí que mi identidad no es folclore ni bandera: es memoria insurgente, es raíz que no se rinde.

 

Octubre de 2003: Infancia sitiada por el miedo

Tenía ocho años cuando llegaron las balas a la Extranca, al Puente de Río Seco y a Villa Ingenio. Ocho.
La infancia me fue marcada por el estruendo de los fusiles y el olor a gas lacrimógeno. En El Alto, la muerte caminaba por las avenidas como si fuera karisiri. Dormíamos tras dobles paredes, abrazados al silencio, esperando no ser alcanzados por una bala perdida. Mi madre oraba bajito. Yo, en cambio, miraba la pared, como si pudiera protegernos solo con los ojos llorosos.

Mi padre era vigilante comunitario. Pasaba las noches junto a una fogata, la silueta de su cuerpo recortada por las llamas. Ese fuego no era solo calor, era resistencia y cuidado. Era el anuncio de que no estábamos solos, de que incluso en la oscuridad había quienes defendían la vida y el territorio.
Este tiempo me enseñó que ser aymara no era solo portar un apellido, vestir o hablar un idioma ancestral. Ser aymara era tener el cuerpo en la mira y, aun así, mantenerse de pie.

Vi caer a jóvenes como mis vecinos, mis maestros. Vi madres gritar con la voz rota, recogiendo a sus hijos del pavimento en escarlata.
Los medios callaban.
El Estado disparaba por tierra y por aire.
La historia oficial negaba.
Pero yo recuerdo.
Y la memoria no olvida.

 

Octubre de 2019: El desprecio sigue, la dignidad también

Dieciséis años después, otro octubre volvió a incendiar la memoria. Esta vez fue mi abuelo quien marchó. Caminó por El Prado de La Paz con su poncho, su sombrero, su wiphala. Su cuerpo era una afirmación de existencia. Un recordatorio de que aquí seguimos.

Lo insultaron. Lo llamaron ignorante y retroceso.
No sabían —o no quisieron saber— que ese hombre había sido líder comunal, educador y sembrador de valores desde muy joven.

Así me di cuenta de que el racismo aún estaba presente. Solo había aprendido a hablar con discursos democráticos y diplomáticos.
Las mismas élites que aplaudían al norte global y sus modales, despreciaban nuestras polleras, nuestras lenguas, nuestras trenzas.
No entendían que no éramos obstáculo, sino raíz.
Que no éramos amenaza, sino fundamento.
Que nuestro paso no era retroceso, sino camino hacia algo más justo, más humano, más nuestro.

Reinaga escribió: “La cultura del indio es superior a la occidental porque es más humana, más espiritual, más justa.”
Yo no lo repito por romanticismo.

Lo afirmo porque lo he vivido.
Porque esa humanidad fue la que me sostuvo cuando el miedo intentó quebrarme.

 

La memoria como trinchera

Soy hija de la papa, de las montañas, de abuelos con manos agrietadas por el trabajo en la tierra y la resistencia.
Vengo de cocinas con ollas bajo tierra, de calles con barricadas, de cuerpos que no se dejaron borrar entre fogatas y marchas, balines y llantos, entre silencios impuestos y palabras susurradas en lengua aymara (Wawa… jani llakisimti).

Mi historia no está en los libros, pero vive en las plazas, ferias y calles que resisten en El Alto sahumado con migración.

Ser aymara es una forma de respirar el mundo a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.
Es reciprocidad como ley.
Es respeto a la Pachamama como filosofía de vida.
Es justicia basada en la restauración del equilibrio.

Y también es grito.
Es furia.
Es no agachar la cabeza aunque tiemble el suelo.

 

Hacia una revolución que brote desde la raíz

No puede haber cambio real en Bolivia si no nos atrevemos a mirar hacia adentro.
Si seguimos creyendo que lo indígena es pasado o folclore.
Si seguimos incluyendo desde el token, desde la cuota, desde la foto, pero no desde la transformación del poder.

No queremos ser incluidos. Queremos construir un nuevo pacto donde los pueblos originarios no sean invitados, sino arquitectos.
Donde nuestras formas de vida, nuestros sistemas de pensamiento, nuestros sueños colectivos, sean la base de algo nuevo.
De algo mejor.

Así me levanto desde los ajayus de octubre, para caminar como mi abuelo: con la frente en alto.
Deseo justicia.
Y la justicia empieza por recordar.
Por contar lo que pasó.
Por no permitir que lo repitan.
Porque, aunque nos quisieron enterrar con balines y con insultos, no sabían que éramos semilla.
Y esa semilla ya germinó, y aún lo hará.

“No hay revolución sin la revolución india.”
—Fausto Reinaga

Bibliografía

              Reinaga, F. (1970). La revolución india. Ediciones Potosí.

              CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos). (2005). Informe sobre la situación de los derechos humanos en Bolivia durante los sucesos de octubre de 2003. Organización de los Estados Americanos.